LA TORRE DEL CAMPANARIO Y EL OLOR DEL INCIENSO

Pequeñeces

Por Eulogio Fco. Rodríguez Murillo

Algunos de mis mejores recuerdos cuando era niño, era el ir con el incensario humeante alabando a Dios en los pasillos del Santuario del Centro.
Recuerdo claramente que durante la procesión del Santísimo por los pasillos del templo, empezando desde el presbiterio, o sea cerca del altar, nos formábamos cinco o 7 acólitos acompañando a la Hostia Consagrada en la custodia, la que era protegida y cubierta muy bien por el sacerdote oficiante.
La gente alegre cantaba los himnos dedicados al Santísimo. El templo estaba lleno de feligreses que adoraban a su paso al Santísimo. Algunas veces me tocaba a mí el ir sacudiendo el incensario para que el humo del incienso perfume los pasillos.
Al terminar el recorrido, el sacerdote subía al altar y exponía al pueblo la custodia con la Hostia Consagrada y todos la adorábamos mientras las nubes de incienso llegaban hasta las alturas y yo llenaba mi corazón de alegría y grababa para siempre esos momentos.
Yo creo que no ha habido momentos más intensos y sublimes en mi vida, pues era yo parte de la ceremonia en la que se adoraba al mismo Dios.
Esta sensación es inolvidable, aunque también servía como acólito durante la Misa respondiendo al sacerdote oficiante y ayudando en el servicio del vino y del agua, en la comunión, con la circunstancia de que todas las respuestas que yo hacía al oficiante eran en latín y tenía que contestar adecuadamente.
También me gustaba subirme a la torre del campanario antes de cada misa solemne a tocar las esquilas y las campanas. Existía cierto riesgo, pues podíamos resbalar y caer al suelo con tremendas consecuencias, pero gracias a Dios nunca paso ninguna desgracia.
¡Qué distintos momentos aquellos! Comparados con ahora que le llevo el costal cargado de culpas y razones para pedir perdón, pero el recuerdo sigue vivo y clarísimo como si fuera ayer.

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