LA PAZ INTERIOR ES LA FELICIDAD

Pequeñeces

Cuando yo era soltero y llevaba una vida desordenada en las parrandas y todo lo que ello implica, no era feliz. Cada mañana hacía inevitablemente mi examen de conciencia instintivo y casi sin preguntar obtenía la respuesta. –“Estás enfangado y hundido en la podredumbre del pecado, andas mal”, me decía mi conciencia.
Eso me quitaba la paz y aunque hacía mi vida normal, me quedaba el gusanito de la culpa y cada que me acordaba de mis faltas, me sentía culpable.
Dejaba pasar los días y como no me acercaba a la confesión crecía la carga y la insatisfacción personal. En realidad lo que pasa es que cuando no estoy en paz con Dios o con mi prójimo pierdo la paz interior que es la que hace feliz o desgraciado al ser humano. Y aunque trates de eludir el sentido de culpa, caes en el fango y eso te hace amarado, furioso contigo mismo y con los demás. Y no tienes paz.
Y si sigues cayendo en las tentaciones, tratas de acallar tu conciencia pero no lo logras, porque la conciencia está en nosotros y así no estamos en paz, hay cierta reacción mental que te presenta tu realidad.
Y cuando al fin decidía poner fin a mi indolencia e iba a confesarme, al salir del confesionario, exhalaba un suspiro de alivio, como si me quitara un peso de encima. La paz volvía a mi vida y me sentía ligero, contento, alegre y feliz. Estaba en paz. Estar es paz con Dios y contigo mismo en la alegría de vivir, es la felicidad en este mundo.
Y aunque queremos engañarnos que “no importa, un pecado más, es igual”, tu conciencia no es acallada ni engañada y aunque en el día vives normalmente, llega un momento en el que te acuerdas de tus culpas y pierdes la paz inmediatamente y los placeres pecaminosos no pueden darte ninguna paz. Al contrario, te amargan más y hasta le pierdes el júbilo, la alegría de vivir y no eres feliz, por una razón: Porque el placer pecaminoso lleva consigo la angustia del conocimiento del pecado y el pecado es amargo y su efecto es pasajero y, parece mentira, pero mientras más pecados cometes y no los confiesas, más triste y culpable te sientes. El vacío que tienes en tu corazón se hace más duro y empedernido y eso aumenta esa tristeza o insatisfacción que te invade y no sabes ni cómo explicarla. Eres un ser humano aparentemente feliz por fuera, pero eres desgraciado por dentro.
Y aunque la voz de la sociedad te quiere convencer de que es normal vivir en el pecado y que puedes hacer y deshacer, en el fondo de tu corazón sabes que estás mal y quizá sea tiempo de que des ese paso de acercarte a Dios para que recuperes la verdadera paz que nos hace felices plenamente.

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