Hay que Paladear la Vida

Pequeñeces

Me platicaba mi papá, que allá por 1935 compró un camioncito para dar el servicio de pasajeros entre el pueblo de ‘Ayo el Chico’ (hoy Ayotlán, Jalisco) y Yurécuaro, Michoacán. Lo compró en la Agencia de Guadalajara y escogió uno de color amarillo. Por esa razón le decían en el pueblo ‘La Calandria’, y así se le quedó.
Cada vez que los vecinos de ‘Ayo’ veían el camioncito pasar por su calle, decían “¡Ahí viene ‘La Calandria!’ Ya deben ser las 7 de la mañana”, porque la salida era muy puntual: a las 7 de la mañana, todos los días.
El trayecto era a través de los cerros y montañas y siguiendo la única brecha que había entre esas dos poblaciones. En realidad no hay más de 60 kilómetros de distancia, pero apenas alcanzaba a hacer un viaje de ida y vuelta.
‘La Calandria’ era un ‘Fordcito’ de pedales que, por ser nuevo, llamaba la atención y los ayenses se sentían orgullosos de que un paisano hubiera empezado ese servicio, y más aún porque era el pionero en ese servicio de transporte de pasajeros.
Mi papá nunca pudo manejarlo adecuadamente, por lo que tuvo que contratar a su compadre Bruno, que había aprendido a manejar cuando estuvo viviendo en Guadalajara.
El compadre Bruno era muy especial. Era un ser humano tan sencillo, que rayaba en lo tonto, pues tomaba la vida como venía. La veía pasar y la dejaba ir, sin apreciarla y sin decirle adiós. La vida pasaba frente a sus ojos y él se mantenía impertérrito e indiferente. No apreciaba los pequeños placeres, los grandes, tampoco.
Cuando se llegaba la hora del desayuno, a eso de las 9 de la mañana, ‘La Calandria’ se paraba en lo alto de una montaña y se pedía a todos los pasajeros que bajaran a desayunar sentados en el pasto.
Cabe mencionar que todos llevaban su ‘itacate’, o sea sus tacos preparados y ahí los calentaban y ya doraditos los saboreaban a placer. Pero el compadre Bruno era tan insensible y tan insensato, que bajaba también del camioncito, sacaba su bolsa con los tacos y, separado del pasaje, empezaba a comer sus tacos fríos, pues eran hechos desde la noche anterior.
Mi papá le preguntó que por qué no los calentaba en la fogata que ardía cerca, y él contestó, sin dejar de comer su taco: “Para qué los caliento…van a dar a la misma ‘bolsa’, calientes o fríos”.
Esto se los cuento como para que abramos los ojos y empecemos a apreciar los pequeños placeres que nos da la vida todos los días, cada uno de los días. Sea el paladear un sorbo de café en el desayuno, un pan sabroso, un vaso de agua, el sol de la mañana, la compañía, etc., porque resulta que muchas veces hacemos las cosas como autómatas. Tomamos un tequila y ni siquiera nos damos cuenta. Lo hacemos mecánicamente. Si probamos una tortilla bien calentada y doradita, no la apreciamos, y así sucesivamente dejamos pasar desapercibidos los pequeños gustos y placeres que Dios nos regala todos los días y a todas horas.
Y si se trata de momentos agrios y desagradables, también hay que apreciar su sabor amargo y ofrecerlo como holocausto agradable a Dios; porque de ese modo, aún al dolor más intenso y más demoledor le podemos sacar jugo; si lo sufrimos por amor a Dios, le estamos dando un mérito que no tiene precio. Es invaluable.
En el futuro, acuérdense del compadre Bruno, que vivía sin vivir, más bien vegetaba y dejaba pasar de frente la vida sin vivirla. Y, al final de cuentas para eso estamos en este mundo, para tomar razonadamente lo bueno y darle gracias a Dios; y lo malo, para transformarlo en un bien que perdure eternamente.

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