La Psicología de las Teorías de Conspiración

Ciencia y Tecnología

Por Juan Luis Bretón Estrada

En nuestros días, una proporción importante de nuestra sociedad tiende a creer que algunos de los eventos más importantes que ocurren en el mundo son resultado de complots secretos orquestados por asociacioines de individuos extremadamente poderosos y fundamentalmente malvados.
La naturaleza de nuestra especie nos conmina permanentemente a encontrar explicaciones causales para cada uno de los eventos que observamos. De esta forma es que podemos construir un entendimiento consistente, estable y preciso del mundo en el que vivimos, aun a pesar de la incertidumbre y de las contradicciones que éste nos plantea.
Las teorías de conspiración, como el creer que el Presidente de la República incrementa deliberadamente el precio del dólar para favorecer ciertos intereses o que las vacunas son instrumentos para el control de la población, mantienen caracterísiticas elementales que las separan definitivamente de otras explicaciones causales. En primer lugar, las teorías de conspiración son especulativas porque describen comportamientos que se encuentran más allá de la esfera del escrutinio público (por tanto no pueden ser corroboradas); en segundo término, son complejas porque involucran la acción coordinada de múltiples actores (que representan intereses que resultan contradictorios) y, en un tercer término, son resistentes a la demostración de su falsedad porque postulan que los conspiradores actúan de modo subrepticio y hacen uso de tácticas de desinformación para generar el efecto de que incluso las personas que intentan desmentirlas forman parte de la misma conspiración (por lo que nadie las puede desmentir).
En general, como ocurre en el ámbito de la Ciencia, por ejemplo, las explicaciones causales deben cumplir con ciertos estándares normativos para ser consideradas como generalmente aceptadas. Estos estándares son, en principio, opuestos a las características de las teorías de conspiración: las explicaciones deben ser probadas de forma empírica, deben ser resultado de mecanismos simples y deben quedar en posibilidad de ser desmentidas. En este sentido resulta pertinente preguntar, ¿Qué es lo que hace que las teorías de conspiración sean tan aceptadas? ¿Cómo es que una teoría que carece de consistencia científica sirva para proveer una explicación tan amplia y consistente como para que las personas puedan preservar sus creencias ente la incertidumbre y la contradicción que ofrece la realidad?
En un estudio publicado a finales del año pasado, un equipo académico formado por K. Douglas, R. Sutton y A. Cichocka, profesoras de la Escuela de Psicología de la Universidad de Kent (Reino Unido), se dio a la tarea de revisar las investigaciones disponibles para intentar responder estas preguntas y establecer una línea base sobre las consecuencias de abrazar este tipo de explicaciones.
El estudio liderado por la profesora Douglas sugiere que la creencia de un grupo social en las teorías de conspiración se incrementa cuando la motivación para encontrar patrones en la realidad se encuentra potenciada por los eventos experimentados por la sociedad que contiene al grupo; si una sociedad se encuentra inmersa en una cultura de corrupción, por ejemplo, las explicaciones que involucren la corrupción serán más fácilmente aceptadas. La creencia en teorías de conspiración sería más intensa entre los individuos que, por ejemplo, tienen pensamiento mágico o cuando el sentimiento de incertidumbre o de inseguridad que experimenten sea abrumador.
Las características elementales de las teorías de conspiración, como la imposibilidad de ser corroborada, se vuelven irrelevantes para aquellas personas que carecen de la habilidad para pensar de forma racional y crítica; la creencia en las teorías de la conspiración está correlacionada con niveles básicos de razonamiento analítico. Del mismo modo, las teorías de conspiración se relacionan con la tendencia a sobreestimar la ocurrencia de eventos simultáneos y con la tendencia de percibir intencionalidades que realmente no existe.
Las investigadoras británicas sugieren que se requieren más estudios para contestar las preguntas que hacíamos al inicio.
Usted, apreciable lector/a, ¿qué opina?

Juan Luis Bretón Estrada es Director General de Brain Shift Laboratorio de Robótica, organización que utiliza los principios del Pensamiento Computacional para expandir los alcances del aprendizaje de niñas y niños, con el propósito ulterior de que el conocimiento potencializado convierta a las nuevas generaciones en personas capaces de ofrecer respuestas a los retos que la Economía del Conocimiento habrá de plantear para nuestro país y para el mundo.
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